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  • UNHO

Por una educación transformadora


Prefacio de Nicole Diesbach

Instituto de Investigaciones Pedagógicas

Baja California.

Existe una gran diferencia entre ver y atre-ver-se. Podemos ver infinitas cosas, numerosos asuntos, cantidades de problemas, innumerables realidades que vivimos a la fuerza, sin querer, aun con lástima. Ver es darse cuenta de lo que hay, incluso, de lo que es, tomar conciencia de lo que no funciona en nuestro mundo, como la educación, que es lo que nos ocupa aquí. Ver tiene una connotación pasiva. ¿Cómo se sigue dando la educación? De la misma manera que hace siglos. La humanidad evoluciona, pero la educación queda fija. Los libros pueden ser nuevos, pero la forma y el contenido de la educación se han petrificado; la ciencia progresa, pero el conocimiento se queda atrás; el niño y el joven evolucionan, pero el profesor queda atado a su forma de enseñar. Todo el mundo puede ver eso, a pesar de que no todo el mundo lo ve. Ver tiene una connotación pasiva, pero es un acto superior a no ver. Sin embargo, ver no cambia nada. El acto de ver, diría Freire, no es comprometedor, uno queda espectador consciente o inconsciente. La marginalización “freiriana” de los pueblos pobres se puede transportar a la marginalización de todos los pueblos en relación a una educación para el siglo XXI, todavía en pañales, porque sólo vemos. Y ver , ver la pizarra, ver el libro, ver al profesor, ver la basura tirada, ver nuestros padres conformes, ver la ira de la gente, ver la inconformidad de todo el mundo, ver la TV, ver Internet, ver las mismas cosas sin descubrir, sin espíritu de curiosidad, sin jugar, sin cantar, sin bailar, sin reír, sin crear, nos ha llevado al mundo que tenemos hoy y a las relaciones que hemos tejido con las cosas, con los demás y con nosotros mismos. Es lo que hemos aprendido en la escuela desde siglos: ser espectador, ser repetidor, ser creyentes de lo que vemos, de lo que escuchamos, de lo que nos enseñan. Resultado: somos todos pasivos frente a un bellísimo mundo, a una riquísima naturaleza, a una espléndida humanidad que nos hemos acostumbrado a destruir día a día, de generación en generación. Y seguimos el mismo tipo de escuela, la que ha educado numerosas generaciones, y el mismo modo de enseñar, la que ha formado innumerables profesores. Sin cuestionar. Ver, para el Homo Sapiens ordinario, entra en la misma categoría que el no ver, porque todo queda igual, estático, sin movimiento, sin evolución. El modo de ver del Homo Sapiens es mirar, disecar, separar, analizar, gastar, desgastar, descomponer, deteriorar, acumular, envenenar, dividir, oponer, dominar, teorizar y dejar las cosas como están, echadas a perder. Para el Hombre de Transición hacia la nueva especie de la cual ya se habla, ver es atre-ver-se, es búsqueda continua, movimiento incesante, evolución sin término, es vida reverenciada, es descubrimiento de la totalidad, de la unidad, del holismo en cualquier aparente fragmento de la realidad bajo el orden implicado y desplegado, es aventura apasionada, es silencio frente a lo desconocido. ¿Hemos llegado a ver en nuestra escuela de hoy con los ojos nuevos del siglo XXI? ¿O seguimos la misma fórmula educativa que impide al niño o al joven tener ganas de ir a la escuela, de investigar en vez de memorizar, de cooperar en vez de competir, de crear en vez de repetir, de amar y abrazar en vez de pegar y criticar, de ser felices en vez de ser aburridos? La evolución es dar un paso en la conciencia. No basta ver, sino atreverse, es un ver en movimiento, es ir más allá de la constatación, es quitar los obstáculos y dejar fluir la vida que nos anima. Es lo que hace Claudio Naranjo: ve y se atreve. Este libro encierra no sólo un escrito, sino una vida de atrevimiento que prepara la nueva especie humana. Unos cuantos autores se han atrevido no sólo a hablar de la educación y de la conciencia, sino a enseñar y vivir una praxis, tales como en los años cincuenta Pierre Teilhard de Chardin, en los sesenta Paolo Freire, en los setenta Ivan Illich, Erich Fromm, Carl Rogers etcétera, a finales del siglo pasado y a principios de este milenio Claudio Naranjo, como también Edgar Morin para nuestro mundo occidental. No hay necesidad de ser maestros de profesión para ser maestros de los maestros. Se necesita vivir, ver y atreverse, o sea vivir en plenitud y contagiar al mundo. Lo que marca el ser en su marcha evolutiva dinámica, es su cuestionamiento y su búsqueda incesante de solución a los obstáculos que oscurecen el entendimiento e impiden el desarrollo de la conciencia superior. Es también su visión de la totalidad fuera de un cuadro mental estrecho y fijo. El atrevimiento de Claudio Naranjo, en su originalidad, es la búsqueda de esta educación dirigida a la totalidad de la persona, y no sólo –como la escuela lo ha hecho hasta el presente– una educación dirigida a la cabeza. La razón sola nos puede llevar a donde estamos hoy, a lo absurdo, a la posible destrucción total de nuestro planeta y de todo lo que vive. Rousseau ya había dicho en su tiempo respecto al hombre: “Quiero enseñarle a vivir”, y añadía: “Nuestro verdadero estudio es el de la condición humana”. Pocos todavía tenemos una visión global y esencial –es decir una visión humanista y supramental– de nuestro mundo, de nuestra realidad, así que pocos podemos educar bien. Mientras sigamos educando gente para manejar nuestras instituciones, tendremos robots sin conciencia y porvenir. Mientras los educadores y los educandos sean, y acepten ser, los objetos de una sociedad centrada en el rendimiento, la ganancia y lo superfluo, no habrá sujetos capaces de organizar instituciones adaptadas a las circunstancias cambiantes de nuestro mundo y al servicio real de las necesidades apremiantes y relevantes de sus habitantes, sólo se aprovechará de ellos. Pascal también se había ya dado cuenta de la desviación de la educación: “No se enseña a los hombres a ser razonables y se les enseña todo lo demás”. “¿Quién educará a los educadores?” se preguntaba Marx en una de sus tesis sobre Feuerbach. Contesta Edgar Morin: “Será una minoría de educadores, a